viernes, 4 de agosto de 2017

SERES PEQUEÑOS

De qué manera nombrar la fragilidad
de los estados, los cuerpos,
los roces.
Un simulacro de duración nos atrapa
como la cabina de un ascensor,
aunque nunca llega a volverse casa.
Las imágenes vienen a decir lo que nunca
e insisten
en que no hay ayer
que se deslice
tan fácilmente de nuestro sitio



Encontrar una marca
que permita decir la ausencia,
la voz, el cuerpo, el abrazo que ya
no son. Como si todo
un mundo no se cerrase
sin cada gesto.
Como si la muerte alguna vez nos cobijara.



Tantas imágenes para decir que no estás
por mañanas o tardes; como si pudiera
poner distancia en la distancia,
ocultar el relumbre
fuera de toda razón, aceptar
lo imposible en lo posible,
la palabra en el plano que ya no sé.



Una casa no siempre es una casa;
puede ser la excusa para una renuncia.
Tal vez así fue para vos, mamá.
Un ejercicio solitario en medio de la espesura.



Me pregunto si sos
una suma de recuerdos,
de pasado sobre pasado de manera continua
hasta llegar al presente
como punta del iceberg de todo lo vivido
o si más bien sos 
la irrupción en mi memoria
de ciertos momentos puntuales
que surgen sin avisar
pero que están escondidos siempre,
como pequeñas piedritas
que sostienen todo un mundo.



Amamos porque somos pequeños
y buscamos la razón
que nos libere
de tanta mansedumbre



Pudimos hablar de miles de cosas hoy.
La nueva serie o el último libro,
la poca temperatura del mate, la hilera
de hojas sobre la mesa. 
Pero preferí mirarte
como quien sabe esperar lo que guarda el silencio.



Tantas cosas que se escapan de mi atención.
Las marcas de los autos. 
Las ofertas del súper. 
La última conversación en el trabajo.
Historias de famosos. 
El nuevo celular. 
Encuestas sobre libros. 
El arroz que dejé en el fuego. 
El color de ropa de mi jefa. 
Los nombres de canciones.
Los vecinos de la esquina.
La muerte de mi madre, a veces.



Desde el colectivo leo el cartel
que promete soluciones para la vida y me pregunto
si la felicidad es algo que se aprende como
se aprende a quitar las manchas de la ropa o
a condimentar empanadas, si puede enseñarse
como algunos lo hacen con los pliegues del origami
–el trazado exacto y firme para que la hoja de papel 
florezca en otras formas–, si es posible explicarla
como se dan las proporciones exactas de una torta.
La respuesta parece obvia, pero aun así 
habría que pensar que no siempre prevemos 
que lo que se nos desliza de múltiples maneras también
se nos brinda tanto como sus tontos simulacros.





Valeria Cervero (Buenos Aires, Argentina, 1972)






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