lunes, 23 de octubre de 2017

POESÍA Y LITERATURA






































Despierto cansada y fría. La toma de posesión de una «libertad» exterior tan duramente lograda es triste. Pienso en mi vida condensada en un eterno intento de escudriñar mi yo. Libros y más libros. Hay momentos en que desaparece la esencia del libro, quedando solamente su ridículo cuerpecillo. Me veo entonces acariciando nebulosas hojas de papel y me pregunto si valen lo que una mirada humana. Me retuerzo en el interrogante axiológico. Pero ¡no necesito respuesta! Continúo leyendo; paulatinamente, desaparece el físico del libro. Me convierto en el receptáculo de su alma. (¡Oh, amo los libros!) Cada minuto que transita señala mi elevación


Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.


Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.


Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.


Me tortura pensar que nunca escribiré en una bella prosa. Y ello por una razón mental, por esta semiafasia que me obliga a romper cualquier ritmo incipiente. Pensando en el asunto, se trata de un problema musical, se trata de mi imposibilidad de incorporar o percibir el ritmo. En verdad, todo esto es una falla de atención, un temblor constante allí donde los demás piensan.


Árboles castrados. Conmueven. Parecen tan humildes, tan inocentes. Su postura es la misma que antes, cuando cada brazo refulgía de verdes dorados. Árboles cortados. Erguidos a pesar de todo. Dulce espera de la primavera. Recuerdan las hojas caídas. Recuerdan las sombras gigantescas. Esperan y esperan. Nada se reemplaza. Ya vendrán grandes ramas que, a lo mejor, serán más bellas que las anteriores. ¿Por qué no podrá sucedernos Lomismo? Florecer. Un golpe de hacha. Desnudez impúdica y digna. Espera. Nuevos brotes. Otro florecimiento. Y luego Lomismo y Lomismo. Es decir que anhelo un golpe de hacha que quiebre mis ramas actuales. Quedarme desnuda y esperar sonriente.


Hay momentos en los que Dickens se siente dominado por una fuerza que le impulsa a escribir y está como transportado. Ésta es la dicha perfecta. Ciertamente, los escritores de hoy no la poseen. ¡Oh, vida, acéptame! ¡Haz que sea digna de ti! ¡Enséñame!



Magnífico momento ése el de Proust torturado de no poder ser besado por su madre. Conmovedoras las artimañas. Me gusta su abuelo, pero no su abuela a pesar de sus paseos por el jardín y su aire de espartana. No me gusta la salud espiritual inconsciente. No me gusta la sencillez del campesino que no entiende nada y no tiene más que bondad y alegría. No. Quiero un espíritu palpado mil veces por su mano y torturado y feliz y contradictorio.


La poesía, no como sustitución, sino como creación de una realidad independiente —dentro de lo posible— de la realidad a que estoy acostumbrada. Las imágenes solas no emocionan, deben ir referidas a nuestra herida: la vida, la muerte, el amor, el deseo, la angustia. Nombrar nuestra herida sin arrastrarla a un proceso de alquimia en virtud del cual consigue alas, es vulgar… La mayor parte de los poemas surrealistas son mucho menos convencionales y cerebrales y literarios que los poemas sencillos y beatos a que nos acostumbró la literatura española.


Los estados de angustia impiden sentir la poesía. Me refiero a la angustia que produce el fracasar en los intentos de comunicación con los otros. Una queda reducida a una espera. No. Espera, no. O tal vez sí. Una espera la llamada de afuera. Sólo es posible vivir si en la casa del corazón hay un buen fuego. Dentro de mi pecho tiene que estar la morada del consuelo, quiero decir, de la certeza. Sólo entonces se vive la poesía, que parece estar reñida con la enajenación.


La poesía no es artesanía ni nada tiene que ver con ella. Pero para trascender el lenguaje debo antes hacerlo mío. En verdad es un poco estúpido hablar de poesía: o se la hace o se la lee. Lo demás no tiene importancia. Aunque yo quisiera tener algunas pequeñas verdades literarias, me sentiría más segura de mí si las tuviera. Para comenzar, he aquí un enigma: ¿por qué me gusta leer la poesía luminosa, clara, y casi execro de la oscura, hermética, cuando yo participo —en mi quehacer poético— de ambas? ¿Y si fuera por no tomarme el trabajo de comprender los textos oscuros? Ello daría la explicación exacta de una manía de relacionarme con personas cuyos procesos interiores son más simples que los míos. O al menos, así parece. Pero, Alejandra, en el fondo de los fondos, ¿qué es claro y qué es oscuro?


Desalentada por mi poesía. Abortos, nada más. Ahora sé que cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto sólo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme. Aparte de ello no olvido lo correspondiente al lenguaje, expresión, etc., materias en las que soy una completa intrusa.


Estoy leyendo Forma y poesía moderna de H. Read. Sucede lo de Du Bos: detesto leer ensayos sobre autores que no conozco. Por otra parte, Read divaga, pasea por el tema de la poesía. A diferencia de Du Bos, se siente tan seguro de su intuición y conocimiento respecto de la materia, que se olvida del lector, de la poesía y del ensayo que está escribiendo. Se sienta en un sillón, con un vaso de scotch en la mano y habla. Habla pero no crea ni informa ni sistematiza. Los ensayos sobre poesía debieran elegir dos caminos: la información objetiva histórica o la creación que parte de la palabra poética para llegar a su esencia, a la que tiene de más entrañable (Heidegger, Pfeiffer, etc.).


Poesía es lirismo. La poesía es experiencia —así decía Rilke. Y yo digo: experiencia de la palabra.


Despierto sonriendo después de una noche infernal. ¿Cómo entenderlo? Anoche releí mis poemas y me dije que no valen nada.


Lo que falla en los poetas mediocres es el tono, un cierto ritmo peculiar, algo personalísimo que reconocemos en los poetas auténticos.


Mi asombro ante mis poemas es enorme. Como un niño que descubre que tiene una colección de sellos postales que no reunió. Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual —yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed— ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho. Ésta es mi proeza, éste es mi heroísmo. Cómo es posible que el silencio fructifique de esta manera, cómo es posible que con mi terquedad campesina lo labre tan bien y con buen éxito. No sólo doy imágenes bellas sino reflexiones, y hasta enuncio deseos difíciles de expresar: me quejo, hablo, discuto, enciendo, purifico, corrompo, y todo ello con palabras que no son mías, y ni siquiera tengo demasiadas faltas gramaticales; todo sucede como si realmente fuera así, todo sucede como si yo pensara, como si yo sintiera, como si yo viviera.


La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Quiero decir, por querer hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi deseo de hacer literatura con mi vida real pues ésta no existe: es literatura.



Hablé de mis tentativas literarias. Siempre las haré, pero nunca llegarán al acto. No escribiré nunca nada bueno, pues no soy genial. No quiero ser talentosa, ni inteligente ni estudiosa. ¡Quiero ser un genio! ¡Pero no lo soy! Entonces ¿qué? Nada. Alejandra, ¡nada! Sigue juiciosa y reprimida como hasta ahora. Sigue diciendo que tu vida no vale nada y temiendo fumar en la calle. Sigue berreando contra la humanidad mientras te asusta esta pobre silla. Sigue entreteniendo una calavera negra cuando tu rostro enfrenta al espejo mientras el corazón late pensando en el dibujo correcto de tus labios. ¡Sigamos caminando, Alejandra, sigamos caminando! Caminaremos hasta la odiada y temida Muerte en la que cesará la odiada y temida Vida. Gime por tus lágrimas mientras te sientes culpable de tu risa. Enciérrate en tu cuarto a escribir sandeces suspirando por los ovarios de D. Sonríe a D. angustiada por el tiempo que corre y la necesidad de estudiar Pascal. ¿Comprendes, Alejandra? Estamos perdidas, lo que se dice ¡completamente perdidas!



Sobre la exactitud, la objetividad. Mi impaciencia ante alguien que me habla de una manera vaga, rodeando de sombras el objeto. Como M. ayer que decía con su voz de niña: «la calle Teoliphe Gautier». Y yo a su lado: «¡Teophile!», sintiéndome al mismo tiempo conmovida y casi al borde del llanto pues sentía la fragilidad de toda cosa. Las erratas —escritas u orales— me son siniestras. Parecen el juego demoníaco de un maldito ignorante que desordena todo por un no puro saber. Y no obstante, yo miento, casi nunca digo exactamente lo que veo y siento pero lo hago por miedo a herir a los demás, si los hiero no me querrán. Se trata, en suma, de desviaciones piadosas. Si algún día llega en que no tendré más miedo de quedarme absolutamente sola a causa de un lenguaje más verdadero, mis palabras serán como relojes o como instrumentos científicos «de alta fidelidad».


Ahora sé que siempre haré poemas. Y sé —qué extraño— que seré la más grande poeta en lengua castellana. Esto que me digo es locura. Pero también promesa. A otros de ser feliz. Yo quiero la gloria, mejor dicho, la venganza contra los ojos ajenos.


Llena con tu silencio el vacío de tus palabras.



Cuando caminaba hacia la escuela, un soplo de esperanza me inundó. Me vi caminando, sintiendo, mirando. Y me dije: ¡Soy feliz porque estoy viva! ¡Soy feliz de poder caminar y desplazarme hacia donde quiero! ¡Soy feliz porque no estoy muerta, porque soy joven, porque crearé belleza, porque debo a la vida mucho, porque siento que me llama algo muy grande!



(Selección temática del Administrador,
de los Diarioscuando la autora
tenía entre 18 y 24 años,
-Tomada de la edición de Ana Becciu-)


Alejandra Pizarnik (Buenos Aires; 1936 -1972)




IMAGEN:  "Haiku 117", pintura de Laurent Koller.





sábado, 21 de octubre de 2017

AMOR Y SEXO





























Es muy tarde. Estoy excitada. Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. ¡Mi sangre galopa! ¡Ah! Deseo fervientemente. Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso. ¡Sí! Lo que yo quisiera es vivir mi vida diurna entre libros y papeles y pasar las noches junto a un cuerpo. Ése es mi ideal. ¿Es lascivo? ¿Es lujurioso? ¿Es estúpido? ¿Es imposible? ¡¡¡Es mío!!! Y con eso basta. Pero ¿dónde conseguir ese ser? Tendría que ser alguien como yo, que desee lo mismo que yo. ¡No existe! ¡Sé que no existe! Mi locura es única. ¡Mi originalidad! ¡Mi extremismo! ¿Qué será de mí? ¡No lo sé! ¡Sólo sé que no puedo más! ¡Que me muero de impotencia!


Antes de la llegada de D. estuve oyendo un diálogo entre esas dos lesbianas que vienen todos los días. Hablaban de otra que las traiciona criticándolas y haciéndoles análisis psicológicos. Me asombra esa moralidad burguesa que manifestaban. En nada se diferenciaban de un vulgar matrimonio burgués. Quedé decepcionada.


Ni una imagen poética acierta a pasar por mi mente. Sonrío. ¿Hay más poesía en algún lado que en el rostro del ser amado?


Cierro los ojos y recuerdo el momento de mis labios sobre los suyos. Extraño. Me es difícil recordarlo. En ese instante estaba inconsciente. Ahora pienso que tendría que haber sido distinto. Que fue un beso torpe y excesivamente fugaz. Que al iniciarlo yo, tendría que haberlo dado con las fuerzas que se lo pedí. ¡Bah! ¡Valiente razonamiento! Sí. Ahora que la terrible emoción pasó. (Clavo mis uñas en la palma de mi mano.) Antes, cuando no había sentido aún sus labios, me consolaba pensando en su frialdad. Pero ahora… ¡ahora! Jamás sentí labios más exquisitos, más suaves, más maravillosos que los de… Me desespero pensando y pensando en ese beso de despedida. Es como haber pegado para siempre su rostro en mí. Estoy atada a sus labios. 


Escribo para no angustiarme tanto. Sólo me consuela el momento de verlo de nuevo.


Muy bien, supongamos que vence mi amor imposible (mi amor «legítimo» hacia el ser ausente, que no me ama). Bueno, me espera entonces la más cruel y refinada angustia imposible de soportar. Además… ¡no creo en el amor! Entonces… ¿qué?


Creo que mi feminidad consiste en no poder «vivir» sin la seguridad de un hombre a mi lado. En los períodos (¡actualmente tan escasos!) de ausencia de flirts, me siento terriblemente árida. Inútil. Como si estaría [sic] malgastando mi juventud. Y cuando estoy segura, es decir, cuando camino junto a un hombre que guía mi cuerpo, me siento traidora. Traiciono a ese llamado cercano que me planta junto a la mesita y me ordena: ¡estudia y escribe, Alejandra! Entonces ya no grito «¡me muero de inmanencia!». ¡No! Entonces, me siento ser. Me siento vibrar ante algo elevado que me asciende junto a sí.


18.30: Encuentro con L. Me siento angustiada pues acabo de tomar un Reducin. Con todo, me siento bonita y lo miro como a él le gusta. Es decir, simpática, inocente, pícara (en el sentido del sex-apple [sic]) y sumisa. Él está triste pues no me ha visto en todo el día y el encuentro es breve.


Imposible la plena comunicación humana. Los otros, siempre nos aceptan mutilados, jamás con la totalidad de nuestros vicios y virtudes. O nos detestan por algún aspecto nuestro que les mortifica o nos aceptan por algo que es ángel en nuestra carne. También solemos tener días en los que nos permiten comunicarnos y días en que nos amurallan. Estos últimos coinciden con los días en que más necesidad de contacto humano tenemos. Seguramente nos rechazan por ese aspecto de mendigos repelentes que proporcionan la angustia y la soledad.


Lo recuerdo dolorida. ÉL no está. Hace siglos que se fue. Espero su vuelta (como los hebreos esperando el Mesías) temblorosa y emocionada. Es como si naufragaría [sic] aferrada a una tenue rama, segura de no morir pues dentro de un plazo seguro va venir [sic] un barco a salvarme. ¡Y ese barco es ÉL!


¡Quizás él es sólo una excusa para dejar de hacer algo que tal vez jamás amé! No sé, pero yo quisiera otra cosa para mí. Aun en estos momentos en que me siento tan animal, tan frívola, siento firmemente que deseo estudiar, escribir, curarme, viajar y no casarme nunca. (Quiero agregar que deseo alguna experiencia sexual, with women.) Entonces… ¡ni palabra!


¡No puedo dejar a L.! ¡No puedo! Hoy intenté mostrarle mi confusión mental, mi desequilibrio, mi apego al psicoanalista, mi incapacidad de elección (¡tan fundamental en él!). Pero no reaccionó como yo esperaba. ¡No! ¡Quiere ayudarme! Su hermoso rostro se acercó amorosamente el mío mientras sus labios susurraban maravillosas frases. Los ojos oscurecidos por la emoción. Las manos, ¡sus bellas manos! Buscando las mías. ¡Emocionada! (¡pero nada más!). ¡Excitada! ¡Terriblemente excitada! (¡pero nada más!). ¡Al diablo! Mi sensibilidad se agita sólo conmigo. Me sentía afectivamente impasible. Tremendamente pasiva. ¡Como si sería [sic] natural ese cariño por mí! ¡Como si el no quererme sería [sic] una anomalía! No sentía agradecimiento. Me veía materialista, dura y valiosa. Como un prodigio inhallable. Hasta pensaba en la suerte de L. al encontrar una mujer tan maravillosa como yo (¡no ironizo!). Ahora me extraño. «Sólo me amo a mí misma.» Se lo dije a L. y se alegró. «Así me amarás más a mí.» Tengo la sensación de haberlo leído en algún lado. Cuanto más se ama o se odia uno a sí mismo, más capacidad hay de amar u odiar al Otro. (No recuerdo si lo dice Gide, Proust o Breton.) ¿Qué importa, si yo no puedo amar?


Ahora me pregunto por qué no lo amo. ¡No sé. No sé! Siento que al no poder amar a L., jamás podré amar a hombre alguno. Con él se cierra la serie de hombres-objetos-a-amar. Nunca habrá nadie más bello ni más sensible que él. Pero no puedo forzar mi ser hacia él. Hay algo inefable que me detiene y que me evita sentir melancolía ante la impotencia afectiva. Algo que me construye mi futura «ermita». ¡Quiero estar sola! ¡Quiero tiempo para estudiar!


Hace diez minutos (o menos) que L. se fue para siempre. Aún siento en mi rostro el sabor de las lágrimas derramadas en su hombro. Lloré ante la certidumbre de mi incapacidad afectiva. Lloré porque se fue el ser con el que pensaba unirme y constituir una pareja como tantas otras. Lloré porque jamás conoceré el encanto de la comunicación plena. Lloré porque la llave que abrió la puerta indicó un claustro (¡el anhelado encierro junto a los libros! ¡La soledad infinita!). ¡Sí! Lloré porque terminó la farsa. ¡Abajo las máscaras! Éste es tu lugar, Alejandra, y jamás saldrás de aquí. Éste es tu lugar, junto a Rimbaud y Nerval. ¡Junto a Vallejo! Junto a los adorados seres inexistentes que jamás te desilusionarán y a los que nunca cansarás con tus andares de neurótica mundana. Heme acá. Las cuatro paredes rodean mi alma. Hemos llegado al final de un experimento necesario y fracasado. Acá. Sí. Con la pluma y el llanto que nutre conmovedor la savia de mi escritura. ¡Sola! ¡Gritaré aterrada mi soledad! Gimo. Lloro. ¡Tengo tanto miedo!




Odio mi cara, pues la miro a través de sus ojos. Esta cara no supo fascinarlo. Amo. ¿Qué se hace en este mundo cuando se ama así?


No te llamo, no te pido. Me doy, te soy. Tú no me tomas, no me necesitas, no hay ganas de mí en tu mirada. Te veo, te creo, te recreo, mi solo amor, mi idiotez, mi desamparo. Qué me hiciste para que yo me enrostre este amor estúpido. Piedad por ti. Cuando te vea lloraré, recordando lo que tuviste que padecer en mi memoria.


Amamos a lo que se nos hace carencia. Imposible desear lo que ya está en mi mano (vieja verdad socrática que recién ahora encarna en mí conscientemente). De allí el Mito de Mi Amor Imposible: carencia, nada más.


El miércoles estuve con Olga. Está vieja y fea. Nos comunicamos. Fue dulce y buena conmigo. Ahora no tengo ganas de llamarla más. Por la noche me emborraché y traje a mi casa a una chica que conocí en lo de O. Nos acostamos. Me acosó con sus anhelos de un amor exclusivo: si estoy enamorada de alguien, si soy fiel, etc. Quiso fornicar conmigo pero no pudo debido a mi frialdad. Me preguntó para qué la traje a mi casa. Yo me encogí de hombros y no le respondí. En verdad no le respondí a ninguna de sus preguntas. Se fue horriblemente triste y enamorada de mí. (Ahora no recuerdo su rostro.)


Olga no me quiere más. Me ha abandonado. No estoy triste por mí sino por ella. Ahora yo no podré quererla. Y nadie pudo haberla querido más que yo. Ella maltrató mi amor. Un amor puro y abstracto. Pocas veces he querido tanto a alguien. Ahora no sé si la quiero, pero ya no le daría mi vida, no me interesa su destino. Es más: algo lejano me dice que yo la hubiera podido salvar y que ella no quiso salvarse. Según O., yo habría sentido deseos por ella, es decir, deseos homosexuales. Creo que no. Por lo menos, conscientemente, no lo pensé jamás. Ojalá fuera homosexual. Siempre me lo digo. Pero no creo posible, para mí, arribar a un orgasmo con una mujer. Mi sed sexual es, ineluctablemente, la de esas mujeres [frase tachada]


De todos mis encuentros con elementos lesbianos he llegado a ciertas conclusiones. Y no deben ser muy erradas pues conozco a las lesbianas más notables de la homosexualidad porteña: las insoportables son las viriloides, las que han luchado durante años por aceptarse definitivamente homosexuales, soportando las opiniones y censuras y escándalos del medio ambiente (casi todas las homosexuales son de familia de alta sociedad o alta burguesía), hasta que mandaron al diablo a todo y ostentaron gallardamente sus melenas cortas, sus camisas, sus cigarrillos negros o rubios de mala calidad sospechosa, sus miradas particularísimas, etc. Cuando una lesbiana así se enamora y no es correspondida es capaz de todo. Su amor está hecho, entre otras cosas, de rabia, de ira, de desafío, de egoísmo llevado a sus últimas consecuencias, etc. Y siempre hablan en términos judiciales y éticos: «Hay que…», «No tengo derecho…», etc.



(Hoy me dijo una compañera del curso de francés que en París «hay mucha degeneración», pues le contaron que las parejas que se aman se besan en la calle «¡en público!».) Pienso que seres así hacen la vida aún más dura. Y ello sin decir lo que ellos mismos hacen cuando no están «en público». Y estos seres son «la sociedad». Los representantes del orden, de la corrección, de la moral. ¡De la moral! Moral que ellos establecen a su criterio y sin derecho. Y nosotros somos los expulsados, los rechazados, ¡los sifilíticos espirituales! Como si de nuestro rostro resbalaran materias putrefactas. Como si no nos mereciéramos ese cielo candoroso que nos cubre, detrás del cual está Dios, manantial de toda estrechez y mezquindad imaginarias.


Un encuentro sexual no compromete a nada. Sólo dos seres sedientos que se unen en el desierto para ir en busca de la calma.


Conflictos sexuales. No vivo el sexo como un problema. Sólo advierto que soy una niña, no una mujer. No tengo conciencia del bien ni del mal. Lo mismo que entonces, cuando era muy niña y me excitaba pensando en dios. Quisiera ser menos inocente.


El domingo me acosté con E. M. Había una atmósfera orgiástica más intensa que la que surge en la soledad de la fantasía. Una vez en mi casa, serena, pensé que muchas cosas habían cambiado y cambiarían. Es decir, muchas cosas dejarían de cumplirse exclusivamente en la fantasía y se encarnarían en la realidad. Creo que necesito satisfacer cuanto antes mis deseos sexuales, que son enormes. Y también lo dijo E. M. Ni yo misma sospecho, tal vez, la magnitud de mi necesidad de satisfacción sexual.


Un escenario. Se abre el telón y baja un falo como la columna de una catedral. En lo alto se divisan los testículos. Ella aparece bailando, vestida como una plañidera medieval española, y se abraza al falo. Los testículos se abren como la boca de una grúa y dejan caer cabezas de indios, de rabinos, de mongoles, de pequeños dioses. Ella se abraza más fuerte, hasta que el falo se sacude y lanza una serpiente que la enrosca.


He decidido cesar las aventuras sexuales. Al menos, hasta que el amor no me arrastre fuera de mí y me obligue a cumplirlas. Lo demás, en mí, es literatura…, pero esas angustias de quedar encinta son exactamente idénticas a las de cualquier modistilla. Y en verdad, si yo quisiera aplacar toda mi sed sexual necesitaría años de orgías. No es posible: quiero escribir. Además, la relación sexual —debo confesarlo— me desilusiona un poco... Lo que sucede es que yo necesito, tal vez, un cortejo de perversiones, acostarme con varios hombres al mismo tiempo, por ejemplo. Pero esto es inseguro. Es más: creo que lo digo «por literatura»… Pero eso sí: no reiniciar más ningún suceso sexual. Y mucho menos con E. M.


No puedo creer que esto es la vida. (Ella espera a la vida.) ¿Y el amor? El amor con espumas, con alas, ese amor como un arco iris, como una música soñada por el viento, ¿dónde, Alejandra, el amor?, ¿dónde la vida, la verdadera vida?
El amor imposible es tan imposible como yo pensaba. Más aún: es absolutamente imposible…Ahora bien: yo lo olvidaré. Quiero ser libre, aunque me vuelva loca, aunque sufra como nadie, seré libre. Prefiero una libertad árida, empobrecida antes que esta adoración carente de sentido, irreconciliable con la realidad.


Creo que un poeta necesita amar. Mi amor fue un amor para un poeta. Ahora no tengo nada. No espero nada.


Mi único amor es el sexo. Mi único deseo ser puta. O no serlo. Pero legiones de hombres. Y si quieren, vengan las mujeres y los niños. Particularmente niños y niñas de doce años. Alejandra Nabokov. (Pero es que yo tengo doce años…)



 Me levanté, me fui. Fumaba a lo largo del Sena y cerca del Quai Voltaire bajé a ver el río. Había mendigos bebiendo o silenciando o cantando o fornicando. Me acerqué a los que bebían y les dije:

—Cuando me muera muy pronto, si alguna vez muero, no recordarán el olor a tristeza del río, no recordarán el gusto del vino atado a la lengua, no recordarán el color de la noche en los ojos de los ahogados sino que recordarán mi voz, mis palabras que flotan como máscaras, como cáscaras vacías que nunca contuvieron nada, y recordarán mis ojos verdes que pagaron al amor el más alto tributo, y recordarán mi nombre que significó mucho para quien lo llevó como un arma en la noche de los grandes reconocimientos y del dolor sin desenlace. Así me dejé violar como tantas otras noches similares.


Lo del sexo es otra mentira. Un instante de onanismo, nada más. La gente debería masturbarse. Amarse platónicamente y masturbarse. Así sería el reino de la poesía. Fornicar sería como rascarse. Hasta podría ser público. La chair est triste. Y en verdad, mucho mejor si no hubiera sexo. Sin deseos, sin anhelos, un flotar, un deslizarse, sin sed, sin hambre. El vientre materno.


Apenas veo a un hombre, lo imagino en el lecho, fornicando conmigo. No obstante, no quiero fornicar con nadie.


He descubierto mi tendencia a conversar de temas obscenos, tratándolos con humor. Como dejando soslayar que participo en terribles orgías sexuales. Debe ser una manera de encubrir mi forzosa o forzada castidad, o lo que fuere. O también, para demostrar que soy absolutamente heterosexual, dado que mi vestimenta bohemia y mi voz ronca pueden hacer pensar en la homosexualidad. Lo cierto es que hablo como una devoradora de hombres.


En el fondo, me repugna ser mujer. Si fuera muy bella, lo aceptaría. ¿Por qué soy tan poco femenina si no soy homosexual?


Dejé de pintarme. Ahora parezco una lesbiana típica. Bienvenida sea. Para qué mentirme. A mí me gustan las mujeres, sólo las mujeres. Pero no sexualmente. He aquí el problema.


Me gustaría, más que cualquier cosa en el mundo, encontrar una amiga, alguien con quien poder mirar y descubrir París. No hablo de un amigo. Los hombres son para mí objetos sexuales. Ésta es mi originalidad, según creo. Una suerte de lesbiana normal.


Soy masoquista. Descubrimiento de ello. Ayer, cuando de pronto cayó la imagen: me pegaban con un látigo. Tuve un orgasmo. No comprendo. No comprendo nada si aún soy tan niña, tan inocente. No comprendo.


Quiero que hoy sea mañana y quiero realizar todas mis fantasías eróticas, encarnarlas, interpretarlas. Hoy es mi día más erótico, y se debe al acto de ayer. Siempre tuve la sensación o el presentimiento de que lo único importante verdaderamente es el acto sexual. Es decir, cuando descartaba todo, cuando sentía lo inútil de todo, la muerte, el dolor, la falsedad, lo absurdo sobre todo de la vida, me decía: «Lo que impide reventar es el ardor entre los muslos». Y hoy a la mañana me dije que no me voy a negar nunca más ninguna experiencia sexual, sea con quien fuere. Hasta el presente mis experiencias fueron promiscuas, de hoy en adelante lo serán más. Me acostaré con todos los que me lo pidan en tanto yo sienta el más leve deseo. Pero sólo yo sé que la quiero a M. solamente, o al menos a Augusto y a M., a ambos, juntos o por separado.


Que has venido. Que tu presencia estremece el cálido color de las hojas muertas. Milagros de la que espera y ve y siente. Y yo te seguiría bajo cualquier forma, como polvo o humo o viento. Entraría por tu respiración, por tu sonrisa, por tus tristes deseos de evadirte hacia donde no haya lenguaje sino solamente ojos devorándose, ojos amándose en el peligro de una desnudez absoluta.
Y tú me viste llegar, mendiga hedionda enamorada de su sombrero con flores y plumas. Había un color lila que humeaba y yo estaba de verde dentro de mis harapos. Dancé para que te rieras. Me pinté las uñas de azul. Toqué la guitarra y canté canciones que hablan de pequeños instantes únicos en los que el dolor se aduerme y hay sólo deseos de amar.


Quise decirle: «Ven a mí, ahora que nadie nos ve, ahora que lo verde de este maléfico jardín entró en la austeridad anónima de una noche de verano. Ven a mí: si vienes, las estrellas seguirán siéndolo, la luna no se cambiará con colores ultrajantes ni habrá metamorfosis dañinas. Nadie verá que tú vienes a mí. Ni siquiera yo, pues yo ya estoy muy lejos, yo ya estoy en otro mundo, amándote con una furia que no imaginas. Ven a mí si quieres salvarte de mi locura y de mi rabia, ten piedad de ti y ven a mí. Nadie lo sabrá, ni  siquiera yo, pues yo estoy vagando por las calles de otra ciudad, vestida de mendiga vieja, acoplando tus nombres a canciones oscuras que son como puñales para fijar mi delirio. Mi sangre, mi sexo, mi sagrada manía de creerme yo, mi porvenir inmutable, mi pasado que viene, mi atrio donde muero cada noche. Oh ven, nada ni nadie lo sabrán nunca. Aun cuando yo no lo quiera ven. Aun cuando yo te odio y te abandone, ven y tómame a la fuerza».


Una sola vez fui feliz: cuando corrí a caballo, desnuda, por la playa. Fue entonces cuando palabras como tierra, sangre, sexo, adquirieron realidad, se hicieron tan reales que desapareció la voz; y el sentir y el hablar no se diferenciaban.



(Selección temática del Administrador,
de los Diarios cuando la autora
tenía entre 18 y 24 años,
-Tomada de la edición de Ana Becciu-)


Alejandra Pizarnik (Buenos Aires; 1936 -1972)






IMAGEN:  "Tolles Weib", Gemälde, 1919; pintura de Emil Nolde. 




jueves, 19 de octubre de 2017

CAMINOS DEL ESPEJO















I
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.


II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro
del borde filoso de la noche.


III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la
lluvia.


IV
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.


V
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo
que abandona el viento en el umbral.


VI
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña
que fuiste.


VII
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos
fríos.


VIII
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía,
recuerdo.


IX
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.


X
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos.
Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.


XI
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.


XII
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy
sola. Hay alguien aquí que tiembla.


XIII
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué
deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.


XIV
La noche tiene la forma de un grito de lobo.


XV
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo
fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un
país al viento.


XVI
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar
quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.


XVII
Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba
luminosa.


XVIII
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de
viento.


XIX

Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata
tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar
por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en
duelo, he de comprender lo que dice mi voz.


(De: Extracción de la piedra de la locura -1968)



Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, Argentina; 1936-1972)





martes, 17 de octubre de 2017

DICE QUE NO SABE
















dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe


a Laure Bataillon

(De: Árbol de Diana -1962-)



LAS GRANDES PALABRAS
                                                             a Antonio Porchia

aún no es ahora
ahora es nunca

aún no es ahora
ahora y siempre
es nunca



PIDO EL SILENCIO

                                     canta, lastimada mía
                                             Cervantes

aunque es tarde, es noche,
y tú no puedes.

Canta como si no pasara nada.

Nada pasa.



EL OLVIDO

en la otra orilla de la noche
el amor es posible
―llévame―
llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria


(De: Los trabajos y las noches -1965-)




Cuidado con las palabras
(dijo)
tienen filo
te cortarán la lengua
cuidado
no despertar a las palabras
acuéstate en las arenas negras
y que el mar te entierre
y que los cuervos se suiciden en tus ojos cerrados
cuídate
no tientes a los ángeles de las vocales
no atraigas frases
poemas
versos
no tienes nada que decir
nada que defender
sueña sueña que no estás aquí
que ya te has ido
que todo ha terminado



APROXIMACIONES

Escribes poemas
porque necesitas
un lugar
donde sea lo que no es.

***

Yo no canto, no celebro, no bailo desnuda y ebria
sobre mi ataúd.
Pero yo le ruego al poema,
yo le pido la luna al poema.

***

Dónde dejar mis ojos,
cuándo augurarles una estación amable. Quiero decir:
lo que muero cada noche,
mis huesos torcidos por abrazar una sombra.
  
***

BUSCAR


No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.


LA OSCURA


¿Y por qué hablaba como si el silencio fuera un muro y las palabras colores destinados a cubrirlo? ¿Y quién dijo que se alimenta de música y no puede llorar?



Alejandra Pizarnik  (Buenos Aires, Argentina; 1936-1972)